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La Rueda de la vida

A veces pedimos a alguien creyendo que nos escuchará. Nos quejamos en ocasiones porque nadie escucha nuestros reclamos. Volvemos a decir lo que tantas veces dijimos defendiendo una postura que creemos justa, y posiblemente así sea... pero no nos escuchan, nos dejan para un eterno después, con una sensación de que la culpa la tenemos nosotros, nos hacen creer que somos egoístas, envidiosos, orgullosos, diablos en lugar de ángeles, nos miran con desconfianza y nos hablan de la misma manera... Y volvemos a decir lo que tantas veces dijimos, y nos preguntamos:

¿el que debe escucharnos, alguna vez pasó algo similar?...

A lo mejor sí, tal vez en sus años pasados tambien pasó por momentos duros en su vida, pero luego la buena suerte le sonrió y consiguió un puesto mejor, un trabajo bien remunerado, una posición en la vida, pero ... ¿que le pasó ahora que no escucha?

Se olvidó de las noches de ilusión, se olvidó de sus raíces, se olvidó de un rostro flaquito, de los ojos cansados de sus hermanos, se olvidó de donde salió y no es otro que del mismo fango del que todo el mundo sale, del barro del que fué formado y al que algún día volverá. Se olvidó cuando una mano amiga llegó hasta su puerta porque necesitó un gesto de amor, se olvidó de su pasado, de agradecer dando, de amar amando, de ser mejor mejorando, de ser solidario estando, de ayudar escuchando.

Se olvidó de ser humano para convertirse en una útil herramienta de un sistema que lo gobierna, lo moldea y lo eliminará de su staff cuando ya no sirva más. Se olvidó de vivir viviendo y solo recuerda que se muere antes que escuchar el dolor y la queja ajena, tan solo porque ha dejado de ser quien puede escuchar.

Cuando eso sucede, lo único que podemos hacer es escucharnos a nosotros mismos, hablarnos con el corazón en la mano, con la idea justa, con la verdad en el pensamiento, entonces así oiremos la palabra devuelta desde un infinito vibrante, una voz que viene más allá de las estrellas, una voz que nos acuna como cuando éramos tan pequeños y nos decía que todo iba a estar bien, la voz de Dios en el tiempo sin tiempo, la voz del alma que reproduce una esperanza, que recrea una ilusión, una voz amiga que habla en un espacio sin sombras, la voz del amor, la fe y la paz, la voz del que no tiene nada y espera algún día vivir una tarde de domingo bajo el sol. La voz que nos enseña a pedirle al Padre que puede dar, al que verdaderamente tiene riquezas incalculables para compartir, no a aquel que nos quiere vender una condición, un rol, un personaje que debemos asumir para que juguemos su juego como un muñeco de madera más.

Escuchemos la voz del espíritu que nos enseña la forma correcta de vivir, la forma correcta de pedir, la forma correcta de hacer los cambios para cambiar la historia de la que algunos solo rescatan la capacidad de devorarse los unos a los otros para bien de un sistema, de una cultura, de una sociedad. Aprendamos a cambiar lo que podemos cambiar y dejar de pedir a quien no quiere dar porque no puede compartir, porque se ha ido lejos para no ver sufrir.

No seamos inválidos espirituales que dejemos para un eterno después una ayuda al que de verdad necesita, porque no sabes que de tantas vueltas que da el mundo algún día, ése que se cree, allá, en la cima, puede caer más abajo aún y entonces recordará lo que es vivir inventando esperanzas para sus hijos, tejiendo ilusiones bajo la lluvia, viendo el sufrimiento de cerca a cada momento sin tener ya la posibilidad de irse lejos para no ver. Todos pueden estar en el lugar del otro en cualquier momento, porque nada es eterno y la vida es un constante andar entre la luz del cielo y la miseria de la oscuridad.

No sabe aquel, que no te escuchó, que algún día pedirá, reclamará y gritará por lo mismo que en su momento te negó, olvidó u omitió. Y cuando eso suceda, no cometas el mismo error, gira tu rostro hacia la voz del que pide, del que reclama algo que cree justo, porque es deber que lo hagas en memoria de tus tiempos pasados y en recuerdo de quienes estuvieron cerca de tí en los malos tiempos, con los que aprendiste el valor de la fe, de la esperanza y del amor.

Porque entonces habrás aprendido que cuando no se tiene nada es el mejor momento para empezar a tenerlo todo y cuando se tiene todo de verdad no se puede perder lo que no se puede comprar ni vender y eso es la inmensidad del alma llamada bondad.

Nunca te olvides que a la vuelta de cualquier esquina está Dios acechándote y vistiéndose de mendigo tirará de tu manga nada más que para indagar y reflejarse en tus ojos... y allí tan solo, muy solo, estarás tú.

© Miguel Angel Arcel
marc@angelred.com

 

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